Sombras del Olvido

Refrescaba. El viento ululaba con fuerza y Nicolás encogió su pequeño cuerpo soltando un escalofrío.

Bajo el brazo su carpeta y un par de libros haciendo filigranas para no desafiar la gravedad.

Hoy había olvidado todo sobre la mesa. Su pequeño plumier con el material del colegio, un par de manzanas para el recreo, el cuaderno de matemáticas y el flamante portátil que papá y mamá le habían regalado por haber iniciado el nuevo grado con buenas notas.

El trayecto era corto, así que Nicolás apremió el paso para llegar cuanto antes, además no quería ver a nadie ni hablar con nadie a pesar de que la pandilla estaría reunida como después de cada tarde al salir del colegio.

Hoy era un día diferente. Los adultos decían cosas como el luto, duelo o algo así, pero Nicolás prefería no oír esas palabras…le resultaban muy feas y tristes, palabras de color muy negro y que sólo nombraban los mayores cuando alguien había muerto.

Nicolás apresuró su caminar y alejarse de la gente…alejarse de los lugares que le traían tantos recuerdos.

La abuela ya no estaba allí con él, ni volvería a estarlo jamás…los adultos hablaban de un viaje al más allá…pero no acababa de entender ese lenguaje.

Los mayores le habían explicado que cuando tienes muchos años emprendes un vuelo bonito como una gaviota y planeas por galaxias hechas de azúcar, y que todo es como una nube de algodón.

Con la vista puesta en el horizonte, el colegio se divisaba diminuto como un enjambre de abejitas de aquí para allá. Los ojos de Nicolás se empañaron de lágrimas recordando a su abuelita lejos de sus brazos, de sus deliciosas meriendas y de los pasteles que cocinaban juntos. Fue entonces cuando de pronto, algo le llamó poderosamente la atención y Nicolás observó cómo las lágrimas que derramadas sobre la tierra las iluminaba unos fulgurantes rayos de sol. Las sombras de los libros y su carpeta se reflejaban con irregulares siluetas y empezó a sentirse algo aturdido.

Frotándose los ojos con ímpetu Nicolás se puso en pié y fue entonces cuando se dio cuenta de que su propia silueta no se reflejaba en el suelo.

No estaba soñando, no podía ser…no era posible…Nicolás movió su cuerpo en todas direcciones retorciéndose sin dejar de mirar hacia delante para comprobar no había sido producto de su imaginación.

¿Acaso se había vuelto invisible?…Nadie a su alrededor y completamente solo Nicolás abrió sus ojos como platos para comprobar una vez más que sus lágrimas seguían allí bajo el influjo de los portentosos rayos de sol. Ni una sombra, ni una tenue oscuridad que lo protegiera del astro rey.

Rápidamente Nicolás agarró sus dos libros y su carpeta y corrió hacia su casa. Se detuvo unos instantes antes de llamar a la puerta para limpiarse bien sus sucias mejillas de lágrimas…no le apetecía lo más mínimo hablar con mamá y oír más palabras de tristeza.

-¡Ma…mamá…!..¿Qué es todo esto?…-exclamó Nicolás abriendo la puerta impetuosamente.

El comedor de su casa se había convertido de repente en un lugar casi mágico…Nicolás contempló boquiabierto cómo muchísimas velitas encendidas se habían apoderado de la luz de la casa por las repisas, entre las fotos, iluminando las ventanas…hasta entre las flores favoritas de mamá.

Nicolás sonrió con la mirada emocionada. La abuelita era la “culpable” de todo aquella revolución. Cada año por la celebración de Todos Santos ella era la encargada de iluminar con velitas las imágenes de los abuelos, de familiares que no había ni siquiera conocido y que eran como ángeles que le protegían… decía siempre la abuela.

Hoy mamá se había encargado de seguir su camino.

Mamá y Nicolás se fundieron en un abrazo eterno con el alma encogida. Nada sería igual que antes pero la vida tenía que continuar.

-¡Qu..que bonito mamá…te ha quedado igual que cuando lo decoraba la abuela!..-exclamó Nicolás con alegría contenida.

-¿Has visto?…Hoy rezaremos por todos ellos… -dijo mamá.

-Faltan algunas fotografías con velitas pero las he dejado para que lo hagas tu, Nicolás –anunció de súbito mamá.

-¿Yo?…¿Porqué yo?..-inquirió Nicolás con desagrado.

-Tenemos que acordarnos de todos los que no están con nosotros Nicolás…sabes que por Todos Santos siempre les dedicamos una pequeña ofrenda…-añadió mama.

Nicolás decidió ignorar las palabras de su madre y salir corriendo a su habitación. Quería estar solo y no continuar con la conversación que le producía tristeza y ganas de llorar.

Como tantas otras tardes decidió distraerse con su nuevo portátil antes de ponerse a hacer los deberes cuando de súbito recordó lo que había acontecido en el parque. Nicolás pensó que quizás había estado muy nervioso o mareado, y las lágrimas le había jugado una mala pasada nublándole la vista.

Una ráfaga de curiosidad le invadió de repente. Se incorporó de la cama cerrando el portátil de golpe mientras su mano titubeante se acercaba al interruptor. Si había luz irremediablemente tenía que haber sombra…por lo tanto…

-¡Ahhhggggg….no….no tengo sombra!..¡Mi cuerpo no tiene reflejo!….-Gritó Nicolás con espanto.

-¿Ocurre algo ahí arriba Nico?…-se oyó la voz de mamá desde la cocina.

Nicolás no entendía que estaba ocurriendo pero alguna cosa sucedía seguro.

Se palpó su cuerpecito de nuevo y nada…todo parecía estar en orden. Sus pies planos seguían ahí, su flaquito estómago seguía ahí, sus pecas seguían ahí…y los arañazos de sus paseos en bici en las rodillas seguían ahí.

Los golpecitos en la puerta de mamá le despertaron de sus pensamientos. Nicolás conocía muy bien cuando esos golpecitos significaban alguna cosa, y estaba enfadado con él mismo por no obedecer a sus deseos.

Mañana iba a ser el día de Todos Santos y tenía que ayudar a poner las velitas a las fotos de los familiares, y además con el recuerdo de la abuelita en estos días. Nicolás no iba a ser suficientemente valiente para complacer a mamá…-pensó Nicolás con un resoplido.

Mamá abrió la puerta con una sonrisa cómplice. A veces parecía adivinar su pensamiento con esas miradas tan fijas en todo lo que estaba haciendo.

-¿Todo bien Nico?…Recuerda que pronto anochecerá y debes decorar el comedor con las velitas, hijo… -exclamó mamá sin titubear.

-S..Si si mamá..lo sé…pe..pero…-interrumpió Nicolás con gesto enojado.

-Shhhh….lo sé..lo sé todo..-respondió su madre con una sonrisa.

-Lo que tu no sabes….es que te he traído… ¡Unas deliciosas rosquillas con la auténtica receta de la abuela!..-anunció mamá con una alegría inusitada.

-Mamá es muy buena conmigo…como papá, como la abuela, como mis amigos de colegio…todos me protegen y me quieren…quizás debería ser buena persona como me enseñó la abuela y ayudar a los demás…y además, en esta noche tan especial no puedo ser antipático…-reflexionó Nicolás satisfecho.

Unos tenues rayos de sol entraban por la ventana despidiendo aquel día triste y cálido.

Mamá seguía en la habitación de aquí para allá mientras Nicolás seguía su presencia con la mirada. Se percató de que el reflejo de su madre la perseguía haciendo extrañas figuras sobre el suelo de madera hasta desaparecer a través de la puerta hacia el exterior.

-¡Nico…acuérdate de ayudarnos con las velitas…falta muy poco para que anochezca!..-se escuchó la voz de su madre a lo lejos.

Una vez más Nicolás se miró al espejo sin encontrar rastro de su sombra…¿porqué estaba ocurriendo aquel fenómeno tan extraño?…Si estuviera la abuela con él…quizás ella sabría la respuesta a tantos misterios, ella siempre lo sabía todo.-recordó Nicolás apesadumbrado.

¿Y si todo es un sueño y me tengo que despertar?..-pensó Nico confundido.

Había pasado un buen rato y ya se oían voces por toda la casa. Nicolás decidió salir de su cuarto decidido a acompañar a su familia en aquella noche tan especial.

Una vez en el comedor, todo parecían millones de luciérnagas que se habían posado a descansar.

Infinitas lucecitas de colores inundaban toda la casa con fotografías de abuelos y de familiares queridos.

Nicolás permanecía embelesado contemplando aquel espectáculo maravilloso. Al contrario que desde su habitación, aquí todo estaba en silencio y parecían haber huido todos de repente.

¿Mamá?…¿Dónde estáis?… Papá…¿Estáis en el jardín?..-gritó Nicolás por toda la casa.

-Habrán salido a buscar algo…-pensó Nico extrañado.

Los ojos redondos y curiosos de Nicolás empezaron a deslizarse por las fotos que se posaban por encima de la chimenea, entre los libros y por las repisas de la sala.

Mamá ya le había explicado el modo de encender las velitas y permanecer unos instantes en silencio recordando a sus seres queridos…no será necesario esperarles..-pensó Nicolás decidido.

Una… y otra, y la siguiente…todo era tan mágico que Nicolás seguía su camino de velitas completamente emocionado. Toda la sala estaba a oscuras y las infinitos brillos de las velitas otorgaban un arco iris de colores con sus sombras incandescentes.

Nicolás se detuvo y contempló su cuerpo de nuevo sobre el suelo que crujía al caminar. Allí tampoco se encontraba su sombra que parecía perdida en algún lugar.

-Tendré que visitar al médico con mamá…y lo de la tristeza…también habrá que decirlo por si existe algún antídoto como en los cuentos de brujas..-soñó despierto Nicolás.

Mamá había depositado todas las velitas de colores en una bandeja de plata. Sólo tenía que acompañarlas al lado de las fotos por toda la sala…tampoco era tanto esfuerzo y mamá estaría feliz…-reflexionó Nicolás ensimismado.

Una verde…otra naranja, otra de color azul para el abuelo con ojos de ardilla…y una marrón para una bisabuela con cara muy seria…y allí una velita verde que haga juego con estos ojos verdes tan brillantes…

Los pasitos de Nicolás iban avanzando acariciando con sus manitas las fotos de sus ancestros. Poco a poco iba sintiendo en su corazón una paz interior que nunca antes había experimentado e incluso sonreía y reía al ver algunas de ellas.

-Qué curioso es mirar fotos antiguas…vestían muy raro y estaban todos muy serios…, pero seguro eran simpáticos…-pensó Nicolás con curiosidad.

Las velas se iban agotando y la fotografía de la abuela no había aparecido aún. Nicolás se empezó a sentir algo cansado y llamó a su madre de nuevo alzando la voz. Nadie respondía a su llamada y no entendía dónde se habían metido en esta noche que iba a ser tan especial.

Súbitamente el ruido de la mecedora en el saloncito despertó a Nicolás de sus íntimos pensamientos. Parecía el lejano mecer que en tantas ocasiones había oído antes y se quedó paralizado…no era posible. Sólo la abuela se sentaba allí.

Un sudor frío recorrió las mejillas de Nicolás. Quizás fuera papá que estuviera cansado de tanto esperar su pequeña ofrenda con las velitas…o quizás…

-Yo la quiero de color rojo…el color de la fuerza y la valentía. Así quiero mi velita de color niño mio…acércate mi ángel…-se escuchó la voz de la abuela.

Nicolás contempló arrobado cómo la figura de la abuela se mecía con su pañuelo envolviéndola sus hombros, con su dulce sonrisa y sus piececitos pequeños y ligeramente levitantes. Era ella sin duda…y estaba hablando allí mismo.

En el colegio había hablado alguna vez de los milagros y este debía ser uno de ellos…con los ojos empañados en lágrimas Nicolás se fue acercando al saloncito para abrazar a su abuela pero su figura había desaparecido en un instante.

-¡Abuela!….¿Dónde estás ahora?..¡Eras tu, eras tu…te he podido ver con mis propios ojos!-gritó Nicolás turbado.

-Aquí niño mio…aquí mi ángel…justo a tu lado…-Se oyó de nuevo la voz.

Nicolás se giró temblando sintiendo la presencia de su abuela muy cerca mientras un halo de luz iluminaba la sala. El reflejo de la anciana se acercó a Nicolás abrazándole con ternura.

-No te puedo tocar abuela…¿porqué?…Eres sólo una sombra…una luz…-sollozó Nicolás completamente estremecido.

-He venido a devolverte algo que te pertenece mi niño…tu propia sombra …-susurró la abuela con placidez.

La sombra de la alegría, de la tristeza, de los años que transcurren por tu vida, de los recuerdos, del amor que tendrás…no debes enfadarte porque las personas mueren mi ángel…tu vida será extraordinaria…sólo depende de ti.

Dentro de muchos años tu sombra serán los recuerdos para los que vendrán…así es la vida niño mio…-añadió la abuela con una voz lejana.

Nicolás dejó de sentirse aterrorizado y dejó de llorar. El rostro de su abuela le sonreía y se sentía el niño más feliz del mundo, sin ningún temor en su corazón.

Sus ojos redondos y curiosos descendieron hacia sus pies y pudo contemplar una esbelta y alargada sombra redondeada. Como por arte de magia su propia imagen de nuevo se contemplaba por todas partes a la luz de las velitas de colores ofreciendo una estampa maravillosa con infinitos destellos purpúreos. Con una ráfaga de alegría alzó su vista pero nada había ya a su lado…la sombra de la abuela había desaparecido.

Nicolás oyó el reloj de la sala. Era el día de Todos Santos.

Las voces en la cocina despertaron a Nicolás de un sueño maravilloso. Abriendo su manita una velita de un rutilante color encarnado parecía sonreirle y el día de hoy iba a ser tan especial como mamá había prometido.

-¿Mamá?…¿Do..dónde os habíais metido? …-exclamó Nicolás con alborozo.

-No nos hemos ido cariño…siempre hemos estado a tu lado Nico…falta una velita de colores.. ¿verdad?…Esa fotografía tan bonita de la abuela te está esperando…- manifestó mamá con los ojos emocionados.

Nicolás nunca olvidó aquella noche…ni las palabras de su mamá. Las sombras del olvido para los que emprenden el vuelo como gaviotas…galaxias hechas de azúcar como nubes de algodón para la noche de Todos Santos.