ESPEJTO ESPEJITO…¿SOY YO LA MÁS BELLA?

La luz se iba oscureciendo en los aposentos de la Reina Grimhilde pero como una estela mágica unos rayos luminosos se colaban por todos los ventanales de la sala. Parecían provenir de más allá del castillo donde pasaba sus días la terrible Reina.

El gran espejo de cristal brillaba como una luciérnaga nocturna con destellos fulgurantes que incluso hacían relumbrar las tenebrosas nubes negras del exterior.

-Me has preguntado ya en infinitas ocasiones Grimhilde…tu eres de entre las bellas la más esplendorosa belleza de todo el universo mi Reina…se escuchó una voz grave y retumbosa.

Ante el gran espejo la Reina Grimhilde alzaba su siniestra mirada con aire desafiante. Su belleza y poder iban a convertirse en la envidia de muchas muchachas de la comarca, pero ninguna poseería las pócimas secretas para conseguir su hermosura.

-¡Respóndeme inmediatamente maldito! ¿Quién es la más bella del Reino?….preguntó con furia la Reina.

-Tu y mil veces tu mi Reina…pero como no crees una palabra de lo que digo te aconsejo que te alejes de tu morada y sea otra voz la que te lo diga…-respondió el espejo con desdén.

De súbito un fuego incandescente brotó desde las mazmorras del castillo envolviendo en llamas el espejo mágico hasta hacerlo desaparecer.

La Reina Grimhilde se aproximó lentamente ante las cenizas esparcidas en el gélido suelo soltando una sonora risotada.

¡Insolente cretino!…tu deber era obedecerme y alabar mi belleza…¡ya tienes tu merecido!..-vociferó la Reina con las manos extendidas sobre el espejo carbonizado.

El malévolo hechizo de la Reina Grimhilde dejó tras de si la leyenda de un espejo muy valiososo con poderes prodigiosos…ahora eran sólo cenizas esparcidas en sangre.

La ténue luz del amanecer cegaba el pálido rostro de la Reina que no estaba muy acostumbrada a dar paseos antes de ponerse el sol.

-Esto de buscar a alguien que venere mi hermoso rostro será más que complicado…-murmuró contrariada Grimhilde.

Los colores purpúreos y azulados de la radiante mañana se posaban en cada hoja del frondoso bosque con pajarillos que cantaban y animalitos que salían a su paso.

-¡Apartaos, bichos inmundos…necesito encontrar a algún estúpido ignorante y convertirlo en mi fiel súbdito de nuevo -exclamó Grimhilde pisoteando flores y plantas del bosque que entorpecían su camino.

De repente el sendero se abrió con bonitas piedras que conducían a un lindo paraje en un humilde y sosegado poblado con campesinos que iban y venían ignorando la inquietante presencia de la Reina tras el frondoso bosque.

-“Uhmm…estas gentes…no veo a nadie que me iguale en elegancia y distinción…parecen todos unos harapientos”…murmuró Grimhilde entre dientes.

De súbito algo pareció llamarle la atención. En el cobertizo de una de las casas un anciano jugaba con una especie de marioneta haciéndola caminar y moverse de curioso modo.

Grimhilde se fue acercando pausadamente hacia el anciano y su marioneta observando los movimientos sincopados. Los pasos de la Reina sobre la hojarasca hicieron sobresaltar por fin al anciano que se apresuró en abrazar a la marioneta entre sus brazos.

-¿Quién anda ahí? -preguntó el anciano con temor .

La Reina Grimhilde apareció de entre los arbustos con su presencia regia y suntuosa haciendo una reverencia.

-Mi nombre es Grimhilde y soy la Reina del castillo de Wallstone, el más poderoso de la comarca -exclamó la Reina con gesto fastuoso.

-¿Quién eres tu, anciano? -inquirió la Reina con gesto altivo.

-Me…me llamo Geppetto y sólo soy un carpintero mi señora…y en este preciso momento mi hijo Pinocho iba a desprenderse de sus nudos para convertirse en un niño de verdad…mi hijo adorado -respondió emocionado el anciano.

-¿Un niño de verdad? -cuestionó Grimhilde con tono sarcástico.

-Ja ja ja…¡pero si es sólo un muñeco de madera! -añadió la Reina soltando una gran risotada.

-Un niño de verdad mi señora, y se convertirá en mi querido hijito a partir de ahora…¿no será en realidad una hechicera que viene a arrebatar a mi hijo verdad? -preguntó Geppetto con recelo.

-La Reina Grimhilde sonrió con malicia mientras se aproximaba a la puerta del cobertizo con pasos señoriales. De forma repentina el cielo empezó a oscurecerse y los animales del corral se alborotaron como si una jauría estuviera al acecho. Geppetto contemplaba a la Reina con desconfianza sin comprender su presencia en aquel lugar, pero quiso ser amable y cortés y no dudó un instante en ofrecerle una cálida bienvenida.

-¿Se ha perdido mi señora? Le podemos ofrecer leche fresca de nuestras vacas…y un asiento para que usted repose…¿no es así Pinocho? -quiso preguntar el anciano al niño.

Pinocho saltó al suelo de un brinco mirando fijamente a la Reina Grimhilde sin parpadear.

-Nunca había visto un humano con el rostro tan pálido…-exclamó Pinocho sonriendo sin dejar de contemplar a Grimhilde.

-¿Porqué dices tal cosa? ¿Acaso mi rostro no es de tu agrado? -cuestionó la Reina con displicencia.

Pinocho ya se había escabullido a jugar con los animales, descubriendo el nuevo mundo que le esperaba lejos de la vieja estantería de su habitación, sin interesarle lo más mínimo la pregunta de la Reina Grimhilde.

-¡Pinocho! Esos no son modales hijo…responde a nuestra invitada de manera educada…-señaló el anciano Geppetto.

Pinocho se aproximó corriendo a Grimhilde sosteniendo una gallina entre sus brazos, a lo que la antipática soberana emitió un sonoro chillido de desagrado.

-¡Ahggg….aparta esa sucia bestia de mi presencia…niño malcriado! -exclamó Grimhilde con asco.

-No ocurre nada señora…además su lindo rostro no va a ensuciarse lo más mínimo…ya le aparto a mi amiga la gallinita -respondió Pinocho socarronamente.

Inmediatamente la nariz de Pinocho empezó a alargarse y a alargarse hasta tocar las fastuosas ropas de la Reina.

-¿Pe…pero qué demonios es esoooo….-vociferó Grimhilde sacudiéndose su aterciopelado vestido morado.

En una fracción de segundo la naricita de Pinocho había vuelto a su estado natural y todo se hizo silencio. Sólo el sonoro cacareo de las gallinas rompió el inaudito suceso.

-Mi señora…entre usted en nuestra humilde cabaña y podrá así recobrar el aliento…-sugirió un Geppetto titubeante.

Lo que acababa de ocurrir no podía ser posible…quizás el efecto del encantamiento de muñeco a niño real había producido algún tipo de extraño ataque en su carita, -pensó el anciano Geppeto con gesto desconcertante.

La Reina Grimhilde acompañada de Pinocho y Geppetto se adentraron en la cabaña rodeados de unas ardillas saltarinas.

Pinocho estaba feliz de sentirse como un niño junto a su papá, y jugar y correr por los valles con los amigos. Pero ahora había llegado una extraña invitada a casa y como había dicho papá tenía que tener modales.

Grimhilde contempló a su alrededor como todo en la cabaña era pequeñito y modesto. No había oro ni rubies en los ventanales, ni majestuosas escalinatas como en su castillo, ni mazmorras donde elaborar sus pócimas secretas para su rostro perfecto…quizás el anciano Geppetto escondía algún viejo espejito para contemplar su arrugado rostro, o algún cristal olvidado con el que iluminar su hermosa fisonomía. En tanto, y poco acostumbrada a las excursiones por el bosque, la Reina quiso tomar asiento y descansar.

-¿Me permite tomar asiento Geppetto? -preguntó Grimhilde algo cansada.

-¡Como no mi señora…esta es su casa. Le ofreceremos un delicioso caldo de pollo para recobrar las fuerzas y volverá a su gran castillo fuerte como un roble….ya verá ya…-respondió Geppetto.

Pinocho se acercó a Grimhilde y se sentó junto a ella. También le apetecía un sabroso caldo de pollo ahora que papá lo había mencionado. Sólo que Catalina andaba merodeando y la cosa podía torcerse en cualquier momento.

-¿Cómo podéis vivir en un lugar tan desastrado como este?…¿Y…a qué huele ahora?…¿No será lo que me imagino, no…? -preguntó Grimhilde con gesto de espanto.

Geppetto disimuló el gesto sonriendo mientras la puerta del cobertizo se abrió sola de par en par. Catalina hizo su particular entrada como de costumbre dejando un sonoro graznido.

-Cuá…cuá…cuá…-iba graznando una gansa descomunal por el comedor del anciano Geppetto.

Grimhilde no daba crédito a lo que sus ojos veían y se levantó de la silla gritando despavorida. Con los gritos de la Reina, la gansa Catalina también se asustó y empezó a berrear aleteando las plumas de su lomo.

-Cuá…cuá…cuá…Uaghhh…Griñk griñk!!! -se quejaba Catalina dando vueltas y vueltas por la sala del cobertizo.

En un momento de máximo terror la Reina Grimhilde alzó los brazos dejando al descubierto sus impresionantes mangas de murciélago y ahuyentando de esta manera a Catalina al exterior. Pinocho se había reído tanto que aquel iba a ser el día más estrafalario y feliz de su vida como niño de verdad.

La Reina posó su corona de esmeraldas sobre la mesa con gesto solemne y malhumorado para sentarse de nuevo en la mecedora de Geppeto. Cerrando los ojos recordó sus aposentos y los vestidos incrustados de oro y piedras, el trono desde donde era la más poderosa de toda la comarca y la reina poseedora de la belleza más inigualable de todas. Ahora acababa de perseguir a una gansa y se encontraba sentada en una mecedora de mimbre viejo y roído.

-¿Se..se encuentra usted bien mi señora? -murmuró Geppeto a Grimhilde.

Olvidé advertirle sobre Catalina, nuestra gansa, es muy simpática ¿no cree usted? -quiso saber Geppetto.

-¡Mis cabellos, mi corona, el carmín de mis labios…debo estar espantosamente horrible en esta pocilga!! ¿O no es así..?…-Gritó la Reina Grimhilde abriendo los ojos completamente enfurecida.

-¡Es usted muy divertida señora reina…sobretodo cuando tiene plumas de Catalina por las orejas y entre la nariz…jajjaja….es muy divertido ser un niño de verdad…-exclamó Pinocho alegre.

-¡Ahhhh…y no está usted nada horrible señora, solamente anda un poco despeinada, huele a estiércol y su maquillaje parece el de un payaso…pero sigue usted bella como ninguna…créame señora reina. -habló Pinocho con sorna.

-¡Grrrrrrrr….necesito un espejo ahora mismo…que alguien me traiga un maldito espejo ahora mismo! -gritó Grimhilde encolerizada.

Geppetto, Pinocho, e incluso las ardillas saltarinas observaban a la Reina con extrañeza, no entendían muy bien porqué aquella elegante invitada estaba enojada todo el tiempo.

Es cierto mi señora…tiene razón mi hijo Pinocho, su belleza sigue intacta desde el primer instante en que llegó… pero la vida en un humilde corral es muy diferente a la de su palacio –manifestó Geppetto.

-¡Señora reina, señora reina…usted la más linda del lugar…-canturreaba Pinocho jungando con las ardillas.

De nuevo la naricita de Pinocho se empezó a alargar y alargar sin detenerse hasta alcanzar la corona de Grimhilde que se balanceaba por el techo de madera haciendo equilibrios cayendo en la chimenea envuelta de hollín.

Geppetto adivinó lo que estaba ocurriendo con la nariz de Pinocho y trató de tranquilizar a su Reina invitada ofreciéndole la corona limpia de nuevo.

-Debo estar soñando….este lugar me está matando a disgustos…-se lamentó Grimhilde balanceando su cuerpo en la mecedora.

-Señor Geppetto…voy a ir a descansar si usted me lo permite, creo que no me encuentro bien -exclamó la Reina completamente aturdida.

-Por supuesto mi señora…le indicaré dónde está el establo… -anunció Geppetto sonriendo.

-¿El es…el establo dice?…¿Acaso soy una mulaaa?…¡Atchis, atchis! -replicó Grimhilde con unas plumas de Catalina en la nariz.

-Jajajajaj…Señora reina, tiene usted un moco en la nariz que le cuelga…que divertida es usted señora reina…jajajjaja…-dijo Pinocho riendo.

-¡Cállate niño raro…tu eres de otro planeta seguro!…-respondió Grimhilde rabiosa.

De mala gana la Reina seguida de Geppetto y Pinocho se encaminaron al establo situado al lado del cobertizo. Tras el porticón de madera se oían gallinas, gansos, perdices y muchos patitos que graznaban y cacareaban haciendo un ruido estruendoso, mientras las ardillas saltarinas correteaban entre sus pies.

Nada más entrar en el establo, la atolondrada Reina divisó un viejo espejo colgado de una pared de piedra. Era todo lo que necesitaba para contemplar de nuevo su bello rostro con la ayuda de sus pócimas mágicas.

-Señor Geppetto…lo he pensado mejor y creo que descansaré aquí muy cómodamente…muchas gracias por su hospitalidad. -respondió Grimhilde con una falsa sonrisa.

Los elegantes botines de La Reina Grimhilde se hundían ligeramente en el lodo y la tierra mojada del pajar provocando una mueca de repugnancia en su rostro transtornado. A lo lejos la gansa Catalina pareció contenta de ver de nuevo a la ilustre invitada y se fue acercando relamiéndose el hocico, mientras las gallinas picoteaban su preciosa túnica morada.

-¿Está usted segura de pasar la noche aquí mi señora? -preguntó Geppetto con preocupación.

-Com…completamente segura…ahgg…ahgg -respondió Grimhilde con un ligero balbuceo.

-¡Aparta Catalina…no te acerques a la señora reina que podrías destrozar su precioso vestido de terciopelo! -gritó Pinocho espantando a la gansa.

De súbito todas las gallinas, gansos y patitos empezaron a emitir un ruido ensordecedor moviendo las alas enloquecidos. Nuevamente la nariz de Pinocho crecía y crecía asustando a sus amigos los animales que no entendían que ocurría.

-¿Porqué demonios te crece la nariz niño rarooo?…¿Acaso es un castigo por no decir la verdad?…¿Te estás burlando de mi? Atchis, atchis…-gritó la Reina todavía estornudando con enojo.

-Nadie se burla de usted, mi señora. Será mejor que descanse y mañana se encontrará más tranquila…ahhh ahí hay un viejo espejo colgado en la pared…sólo necesita un soplido para ahuyentar el polvo…-exclamó Geppetto con amabilidad.

El revuelo de ruidos, plumas y cacareos era tan estrepitoso que la nariz de Pinocho empezó a dar remolinos por la paja del corral lanzándola por los aires como una lluvia de meteoritos. La gansa Catalina brincaba lanzando bolas de tierra hacia el tejado de madera, y algunas gallinas se posaban sobre el turbante de seda de la reina dándole picotazos.

La nariz de Pinocho volvió poco a poco a su estado natural y el niño junto con Geppetto se apresuraron en tranquilizar a los animales y encaminarlos hacia sus respectivas cuadras antes de que la situación fuera irremediable.

-Ahora lo entiendo papá…no puedo decir mentiras, no puedo mentir ni tan siquiera un poquito…siempre tengo que decir la verdad….¿te has dado cuenta?…-interpeló Pinocho acariciando a Catalina.

-Si hijo mío…tu nariz es como tu corazón. Debes ser sincero siempre, aunque no te guste -respondió Geppetto con una sonrisa.

-Ahora vayamos a descansar…nuestra ilustre reina seguro que necesita reposar, Pinocho. -añadió el anciano.

-¿No es así mi señora? -se giró Geppetto buscando a la Reina en todas direcciones.

-¿Mi señora?… ¿Reina Grimhilde?…¿Dónde está usted? -preguntó Geppetto extrañado.

-¡Aquiií…aquí abajoooo…socorrooo! -se oyó una voz de ultratumba.

Geppetto y Pinocho comenzaron a escarbar de entre la tierra mojada y la montaña de paja y allí se encontraba la Reina Grimhilde rodeada de plumas y con su vestido roído y lleno de barro.

Sobre su solemne rostro de reina imperial unas lombrices y cacahuetes se resbalaban entre las fosas nasales y el maquillaje de su pálido rostro se había esfumado apareciendo toda clase de verrugas inmundas. La Reina Grimhilde permanecía inmóvil emitiendo un quejido tan profundo que Geppetto y Pinocho acudieron a rescatarla de inmediato.

Sin poder contener la risa ambos tendieron sus manos estirando fuertemente los brazos de la reina que permanecía hundida entre la paja.

-¡Grimhilde…agárrese fuerte a mis brazos…sea fuerte mi señora!..-Gritaba Geppetto con todas sus fuerzas.

-¡Vamos señora reina…usted es nuestra soberana y es la más poderosa…con fuerza agárrese de nuestros brazos!!! -añadía Pinocho enérgico.

-¡Aghhh…Pinocho…tu nariz es mi única salvación…ella me rescatará de morir entre estiércol, me tienes que decir una mentira y podré salir de este hoyo…por favor niño raro!…-se escuchó la voz de Grimhilde cada vez más lejana.

-¿Has oído papá?…Quizás tenga razón, mi naríz es la más forzuda de toda la comarca…pero tengo que decirle una mentirijilla…espero no se enfade demasiado…-afirmó Pinocho giñando un ojo a Geppetto.

La gansa Catalina pareció entender lo que estaba ocurriendo y se acercó a contemplar la escena apartando con sus patas la montaña de paja y tierra.

-Buena chica….¿tu nos ayudas también verdad amiga? -exclamó Pinocho con alegría.

-Ahí va señora reina…usted es la señorita más linda y bonita que he visto jamás… Su aterciopelado cutis me recuerda a una muñeca de porcelana, y su grácil figura es tan esbelta y elegante…su cabello como un manto de terciopelo, y su mirada la de una dulce muñequita…ahí está usted tendida sobre una alfombra de cristal rodeada de rubíes y diamantes que la acarician sus ruborizadas mejillas al encontrarse con galantes príncipes…su melodiosa voz es una dulce serenata…-continuaba hablando Pinocho mentira tras mentira.

-¡Aghhh…Ya es suficienteee niño raro, creo tocar tu nariz… no hables más o me volveré a desmayar ahora mismo!..-gimió Grimhilde derrotada.

La nariz de Pinocho era como una rectilínea y fortachuda narizota rescatando a la Reina Grimhilde de su puerco trono. La sarta de mentiras que había pronunciado Pinocho había dado resultado.

-Cuá, cuá…griñk…griñk…bramaba la gansa Catalina aleteando su plumas con regocijo, también ella parecía estar contenta tras la aventura.

-Ufff…gracias niño raro…me habéis salvado de morir asfixiada….miradme que esperpento estoy hecha….ni mis encantamientos van a poder arreglar este estropicio…¡aghhhh…y mi vestido…y mi túnica…aghhhh estoy llena de barro y plumas…hasta lombrices tengo en mis botines de terciopelo…aaaaargggg que ascooo! -se pronunció Grimhilde pesarosa y desconsolada.

La gansa Catalina se acercó a la reina Grimhilde acariciando su espalda con su lomo plumífero y esponjoso. Levemente agachó su pescuezo posando a Grimhilde sobre ella y dirigiéndose al viejo espejo de la pared.

Pinocho y el anciano Geppetto contemplaban atónitos como la huraña y arrogante soberana caminaba sobre Catalina completamente abatida y cansada. Delante del espejo Grimhilde alzó sus manos y en un instante un resplandeciente fulgor emanó por todo el establo con un estallido de colores.

Un rostro plateado sin ojos sobresalió del viejo espejo emitiendo una voz fantasmagórica.

-Aquí estoy Reina Grimhilde. Veo que te ya no te encuentras en tus siniestros aposentos… -dijo la voz retumbando todo el establo.

-Veo que tu apariencia ha cambiado bastante …tu rostro no es digno de una soberana, y estás sucia y maloliente….-añadió la voz con desdén.

Geppetto y Pinocho se frotaron los ojos para comprobar que no estaban soñando y continuaron absortos presenciando la escena. Las ardillas saltarinas se arremolinaron de nuevo junto a Pinocho para observar en primera fila lo que estaba sucediendo con la reina invitada. A Geppetto y a Pinocho no les estaba gustando lo más mínimo el desprecio del espejo hacia la reina, porque después de todo, había sido su ilustre y divertida invitada.

-Reina Grimhilde…espero tus palabras una vez más -volvió a hablar el espejo.

Geppetto, Pinocho y las ardillas saltarinas se miraron sin entender que sucedía.

-Espejito espejito…¿Quién es la más bella del reino? -preguntó la Reina con lágrimas en los ojos.

-Estás cubierta de verrugas, estornudas plumas de ganso, y veo que el turbante cubría una cabeza calva…tu aterciopelado vestido morado está cubierto de estiércol y las lombrices suben por tus piernas de pato…¡Ya no eres la más bella del reino mi reina….Ha ha ha ha!… -respondió con burla el espejo enigmático.

Sin dudarlo ni un instante, la gansa Catalina se avalanzó corriendo para levantar el espejo con el hocico y voltearlo por los aires para caer en el corral de los puercos y deshacerse como la espuma.

-¡Ha desaparecido…el espejo ha desaparecido sin dejar rastro!… ¿lo has visto papá? -dijo Pinocho con estufacción.

De nuevo la gansa Catalina agachó su pescuezo y Grimhilde descendió con cautela. Pinocho y Geppetto pemanecían inmóviles y emocionados al contemplar cómo su reina era después de todo un ser humano con corazón.

-Us…usted señora reina….ha sido la más divertida y la más refunfuñona también…y quiero decirle que nunca la olvidaré -pronunció Pinocho llorando.

-Pinocho…tu nariz…me has dicho la verdad. He sido divertida y refunfuñona…como dices …-dijo Grimhilde con una tenue sonrisa.

-Cre…creo he estado prisionera de mi propia belleza…y vosotros me habéis abierto los ojos, amigos. Todo ha sido una auténtica aventura.

De repente unos cacahuetes cayeron de las orejas de Grimhilde provocando una sonora carcajada de Pinocho y Geppetto. La pobre soberana ya no podía albergar más sorpresas inesperadas entre barro, bichos, verrugas, mocos, plumas y el vestido agujereado a picotazos.

-Es…es usted encantadora mi señora -exclamó Geppetto.

-Cuá..cuá…griñk…griñk…-graznaba la gansa Catalina aleteando su plumaje en señal de cariño.

-Debo marcharme ya amigos…pero antes os ofrezco mi corona en señal de agradecimiento…vuestra es desde ahora. -manifestó la Reina haciendo una reverencia.

Geppetto, Pinocho, la Reina Grimhilde y la gansa Catalina junto a las ardillas saltarinas se encaminaron hacia el exterior contemplando el cielo estrellado. La noche arreciaba y todo se iba a convertir en un dulce y plácido recuerdo.

Grimhilde se alejaba por el camino serpenteado hacia el bosque cuando algo la detuvo de súbito. Un saco de resplandecientes manzanas se balanceaban en un cuenco de madera y la Reina alzó su mano para agarrar la más escarlata de todas.

-¡Gepetto…la ví tan sabrosa que no pude evitar la tentación…! –exclamó la Reina con una misteriosa sonrisa.

Geppetto y Pinocho la recordarían por siempre jamás.