Un Viaje Alucinante – IV

No le importaban las caracolas de notas estrelladas…el Principito se precipitó hacia el abismo sideral con su zafiro y Casiopea como únicos compañeros de viaje.

Los recuerdos de sus amigos le habían ayudado a continuar.

Su travesía había sido extraña y con muchos instantes tristes, pero en su corazón el Principito conservaba dos amigos con los que había sido feliz.

Lejos quedaban el planeta Nibiru y su rey, los hombrecillos grises y metálicos que le obsequiaron con la fiesta más suntuosa que se podía conocer…y el misterioso y anaranjado planeta Cerberus con sus mitológicos habitantes de un pasado cruel.

El Principito parpadeó frotándose los ojos por el enorme gentío que transitaba a su alrededor. Varios seres humanos observaban con curiosidad la elegante capa aterciopelada y sus zapatos de piedras incrustadas. Rápidamente se tapó los oídos por el estruendo tan elevado de aquel lugar.

Se puso en pie contemplando los altos rascacielos y edificios de negocios que le rodeaban por todas partes. Su dorada cabecita no dejaba de observarlo todo con avidez sin comprender por qué era todo tan veloz.

Este tercer planeta era de lo más desconcertante. Varias personas le habían hecho reverencias con mucho respeto y distinción y otras se habían burlado de su extraña indumentaria. El Principito se dispuso a recorrer una de las calles más populosas del extraño planeta, y comprobó que casi todas las personas iban igualmente vestidas y se comportaban de manera idéntica. Tampoco veía muchas sonrisas en aquella urbe donde la gente caminaba deprisa sin mirarse a los ojos.

– ¿Te has perdido niño? …¿Buscas a alguien? –le preguntó una mujer barbuda los ojos muy abiertos.

-Hola…no estoy perdido. Vengo del asteroide B612 y voy en busca de un amigo –respondió el Principito amablemente.

Varias personas que le escucharon se pusieron a reír sin hacerle mucho caso.

Nadie parecía muy afectuoso en aquel planeta sin sonrisas. Después de recorrer varias calles el Principito se detuvo cansado. Era como si una y otra vez estuviese repitiendo el mismo recorrido sin rumbo fijo.

Quizás el Rey de este planeta había ordenado el ruido. Ruido por todas partes y que todos caminaran siempre muy deprisa. El Principito pensó también que todos sus súbditos hablaban a través de unos aparatos llenos de botones con voces robóticas.

Qué planeta más extraño…aquí el horizonte no era espeso y anaranjado como en el Planeta Cerberus, ni una nebulosa gris como en el Planeta Nibiru…aquí el cielo era azul y transparente pero apenas podía contemplarse por los elevados y plomizos edificios. Los ojos del Principito se perdían entre la inmensidad de acero y asfalto que le rodeaban por doquier.

Millones de vehículos rodantes que cruzaban ante su atónita mirada estaban aturdiendo al Principito y decidió que era mejor buscar una zona más calmada.

De manera inesperada una pelota de lucientes colores rodó hasta que unos niños se apresuraron a cogerla. Todos parecían divertirse haciéndola rodar y sonreían. Nunca jamás el Principito había visto algo semejante y se acercó hacia donde se encontraban con los brazos extendidos.

Sin dudarlo un instante El Principito se acercó al grupo de niños y trató de imitarlos dando puntapiés a la pelota sin mucha suerte.

Instantes después su pequeño cuerpo estaba tendido en el suelo con un pie descalzo tras el desafortunado puntapié.

El Principito abrió los ojos y vio a todos los niños observándole a su alrededor.

– ¿Quién eres? …Nos miras como si vinieras de otro planeta…-exclamó con intriga una niña de largas trenzas rubias.

– ¿Vas disfrazado niño raro? –preguntó otro niño con muchas pecas.

El Principito se incorporó ligeramente aturdido y se colocó su precioso zapato de terciopelo azul de piedras incrustadas.

-Yo…yo sólo quería tocar vuestra esfera rodante y no molestaros… -dijo un titubeante Principito.

-Habéis acertado…vengo del asteroide B612…y me han transportado hasta el desierto del Sahara unas aves muy veloces. –añadió.

– ¿Esfera rodante? ¿Te refieres a la pelota? …De un asteroide? preguntaron todos al unísono.

-Ha ha ha ha ha……¿habéis oído? –rieron todos en tono de burla.

El principito se incorporó y avergonzado siguió su camino. El zafiro y la estrella Casiopea seguían en su mano a pesar de todas las vicisitudes vividas. Este planeta estaba siendo huraño y gris, sin mucha alegría en ningún rincón de sus ruidosas calles.

A lo lejos divisó muchas plantas en una jardinería muy decorada. Se acordó de sus baobabs de hojitas extrañas y de lo mucho que los echaba de menos y quiso acercarse a mirar.

Rápidamente le llamó la atención la sección de baobabs enanos. Eran realmente preciosos y de un verde intenso, pero uno le llamó especialmente la atención. Parecía triste y sus hojitas empezaban a formar grietas marrones por los contornos.

Los ojos del Principito se apenaron. Él sabría como revivirlo y devolverle la alegría a su marchitada vida.

– ¿Quieres verlo de cerca? –se escuchó una débil voz a sus espaldas.

El Principito se giró y un anciano de barbas blancas y rostro muy arrugado le estaba contemplando con una tímida sonrisa.

– ¿Por qué tienes tantas arrugas? –preguntó el Principito con curiosidad.

– ¡Ha ha ha…que pregunta más curiosa!…Nunca me habían preguntado tal cosa…-respondió el anciano divertido.

-Supongo que a más años más arrugas…y yo tengo muchos años muchacho! –añadió con la voz trémula.

El Principito sonrió atento y se giró de nuevo hacia el baobab.

-En mi planeta también tengo baobabs…hay que ponerlos del revés y colocar las malas hierbas en un saco de flores secas…así reviven de nuevo y se cultivan otra vez…Es la primera vez que desvelo el secreto de mis baobabs ¿sabes? –explicó el Principito.

El anciano escuchaba estupefacto su relato. Juntos recogieron el baobab de hojas marchitas e hicieron todo lo que el Principito había explicado para poco después colocarlo en un rincón soleado.

– ¿Cómo se llama este planeta? –preguntó el Principito.

-Tengo muchos años y nunca había conocido a una personita como tú y que dijera estas cosas tan divertidas. –respondió el anciano.

-Estamos en la Tierra muchacho…y este planeta es de locos…-añadió con cierta nostalgia.

– ¿Cómo os divertís en la Tierra? … ¿Es todo siempre tan ruidoso? –quiso saber el Principito observando atentamente cómo el anciano regaba sus plantas.

-Aunque no puedo caminar demasiado vamos a dar un paseo muchacho, y podrás comprobar por ti mismo que hacemos en la Tierra para ser felices. –anunció el anciano por sorpresa.

Los cabellos dorados del principito ondeaban al viento en un veloz vehículo rodante. Ascendiendo y descendiendo las empinadas calles de la urbe la velocidad era excitante y no podía evitar gritar de felicidad.

Todo duraba una fracción de segundo que se evaporaba un instante después…luces y luces en edificios desafiando el vértigo que el Principito contemplaba absorto más allá de las nubes. El vehículo rodado llegó más tarde a un espacio mágico donde niños de su tamaño se alzaban en gigantescas norias saboreando deliciosos algodones de azúcar para descender con cosquillas en el estómago.

De nuevo en el vehículo rodante el Principito se dirigió a una playa majestuosa. Junto con el anciano se acercaron a la orilla con los pies descalzos y divisaron el horizonte interminable. El mar era de un azul tan intenso como su traje de príncipe y estar ante él había sido indescriptible.

Regresaron a las populosas calles del planeta Tierra y de nuevo los rostros sin sonrisas, los pasos apresurados y los rascacielos infinitos.

-Gracias por mostrarme las cosas bonitas de la Tierra, anciano amigo…creía que no existían aquí. –manifestó el Principito con satisfacción.

-En todas partes existen cosas bellas, amigo Príncipe. Tú me has devuelto la alegría y la de mi baobab… ¿recuerdas? Será mi regalo de agradecimiento. Tuyo es. –dijo el anciano emocionado.

– ¿Vas a aceptar ese regalo tan ruin? …Después del zafiro del Rey y la estrella Casiopea…ese marchito bonsái es una podredumbre… ¿no te parece pequeño Príncipe? -se oyó de súbito una voz.

– ¿Eres tú músico misterioso? … ¿Cómo sabías donde estaba? Ya no te tengo miedo…he conocido la amistad por fin y eso no me lo vas a arrebatar -exclamó el Principito.

Sin mí no podrás regresar a tu asteroide B612…mi música te guía por el universo, ¿recuerdas? –se escuchó de nuevo la voz.

-Ven rápido muchacho…voy a explicarte algo importante… ¿Sabes que los bonsáis y los seres humanos están unidos por sus raíces? …Podrás desprenderte de ese ser maligno solamente cortando el tronco del bonsái con un hacha. Si brota un líquido rojizo será su sangre derramada. –susurró el anciano al oído del Principito.

-No puedo hacer eso…nunca podré regresar a mi asteroide sin su ayuda anciano amigo. –respondió el Principito con preocupación.

-Si podrás…desde el punto más alto del planeta Tierra te arrojarás al vacío y viajarás hasta tu hogar amigo Príncipe.

– ¿Y…y cómo sabes eso? …-cuestionó el Principito.

Porque soy en realidad el Rey de este planeta, y te he estado esperando desde tu partida del asteroide B612 amigo Príncipe –contestó el anciano con una sonrisa.

– ¿Er…eres el Rey del planeta Tierra? ¿Tus arrugas eran un disfraz? –preguntó el Principito sorprendido.

-Algo así…-respondió el Rey.

La música hechizante del Flautista de Hamelin se enredó por entre las plantas y las flores de la jardinería. La embriagadora melodía llegó hasta oídos de la multitud de caminantes y todos empezaron a seguir al Flautista como embrujados.

– ¿Dónde estás ahora…porqué te escondes músico misterioso? –preguntó con valentía el Principito mirando por todas partes.

El anciano vio de súbito al Flautista de Hamelin alzado desde lo alto de un rascacielos. La música de su flauta misteriosa iba atrayendo a un enjambre de personas que iban caminando y agolpándose entre ellos como espectros vivientes.

– ¡Es nuestro momento Príncipe amigo…tenemos que ir en busca del bonsái y cortar su tallo con un hacha! –hagámoslo rápido –exclamó el Rey con celeridad.

-Amigo Rey…no podemos fiarnos de él. puede estar aquí en un momento…y además adivina el pensamiento, –dijo el Principito con nerviosismo.

Con rapidez ambos entraron en la jardinería. El Principito distinguió el bonsái marchito a lo lejos y se entristeció por su corta y mustia vida.

Su amigo el anciano le había relatado historias fascinantes de los bonsáis y de lo valerosos que podían llegar a ser…eran capaces incluso de estrangular otros árboles con sus raíces si tenían espinas malignas o carnívoras. Ahora su débil bonsái iba a convertirse en todo un guerrero desafiando al Flautista de Hamelin con su propia vida.

El Principito contempló ensimismado su bonsái y con su mano estrechó fuertemente el zafiro y su estrella Casiopea. Sus amigos le iban a dar toda la fuerza que necesitaba para no volver atrás.

– ¡Príncipe amigo…lo siento mucho…! –se escucharon de repente los gemidos del anciano Rey con las manos agarrotadas por el Flautista a sus espaldas.

– ¡No podrás regresar a tu asteroide Príncipe maldito…y seré yo el Dios de todo el Universo! –gritó el Flautista enfurecido aprisionando al anciano.

El minúsculo cuerpecito del Principito se escabulló trepando entre las hiedras de la jardinería hasta alcanzar un pequeño utensilio a modo de hacha. Un diamantino rayo de sol iluminaba el bonsái desde su rincón y El Principito se acercó de una zancada.

Una lágrima rodó por su mejilla sonrosada y cerrando los ojos cortó con el hacha el tronco del marchito bonsái brotando un líquido viscoso y rojizo de entre todas su hojas y tallos.

El anciano Rey se abalanzó hacia el Principito abrazándolo con dulzura.

Un charco de sangre se esparcía entre el abrigo de colores y el sombrero del Flautista de Hamelin como una macabra alegoría.

-Debo irme amigo Rey…nunca te olvidaré -asintió el Principito con tristeza.

Aunque tu planeta Tierra es apresurado y sin sonrisas he conocido cosas bellas como el mar y la libertad, viajamos veloces en un vehículo rodante por las calles de este planeta y divisamos juntos el horizonte desde una noria que nos balanceaba más altos que las nubes…gracias amigo Rey. –dijo el Principito con el rostro compungido.

El anciano Rey abrió la diminuta mano del Principito y le ofrendó el bonsái herido envuelto en oro.

Debes subir hasta la noria más elevada y te transportarás hasta tu asteroide. La travesía habrá finalizado Príncipe amigo. –dijo el anciano Rey.

El Principito recorrió las calles del planeta Tierra con sus recuerdos en el corazón. Sus volcanes siderales estarían esperándole, sus puestas de sol junto a su amiga de pétalos centelleantes servirían de nuevo para tantos relatos.

El planeta Nibiru y sus grisáceas dunas a orillas del manto celestial donde el Rey y los hombrecillos grises y metálicos festejaban su amistad, el planeta Cerberus y sus anaranjadas brumas donde había conocido al bestia perro…y el planeta Tierra con sus mares y su libertad.

En el crepúsculo del horizonte y lo alto de la oxidada noria el Principito le pareció divisar extrañas formas en el cielo rojizo. Las sonrisas de sus tres amigos no le abandonaban en su travesía y sus regalos irían con él hasta el final de los tiempos.

Un rayo de luz se evaporó en un instante desde lo alto de la noria. El asteroide había recuperado a su Príncipe dorado.

Un zafiro, Casiopea y su bonsái herido serían sus nuevos amigos para siempre.

FIN