La Bella Durmiente – Capítulo IV

Y apareció el siguiente candidato. Metro treinta, pelo negro, con gafas negras redondas pegadas por diferentes sitios, vestía algo parecido al uniforme de un colegio: camisa blanca con corbata roja y amarilla, jersey gris claro, pantalones negros y una túnica negra. En la mano llevaba un palito. Era un niño de no más de 12 años.

Ahora fue Jacob el que se dejó caer en la silla con evidente gesto de cansancio, tomando el relevo de su hermano Wilhelm escondiendo la cara entre las dos manos.

— No me lo puedo creer — gimió — Pero, ¿que pasa hoy?¿es que hay luna llena?

—A ver nene, — tomó Wilhelm la palabra con la esperanza de terminar cuanto antes con este candidato, y por que no decirlo, aún calentito por el zapatillazo que había recibido de parte de su madre — ¿te has perdido bonito? Mira, la salida está justo por donde has entrado, así que da media vuelta y ..

— No, no me he perdido. — le cortó el chico con voz segura — He venido al casting. Soy un gran Mago. — Sentenció.

La sala entera rompió en carcajadas. El sr. Meyer escupió un buen trago de cerveza que se acababa de llevar al gaznate a sus compañeros de enfrente. Wilhelm esbozaba una media sonrisa, porque maldita la gracia que le hacia que el niño saliera respondón. Y Jacob, seguía sentado en la silla con la cabeza aún mas hundida entre las manos, sin poder creerse lo que estaba pasando.

— Mira nene, — retomó Wilhelm — eres un niño, no puedes venir solo y no tienes edad para…

— En la descripción del personaje no pone nada de la edad — volvió a cortar a Wilhelm. — Y además no vengo solo. Mi amigo, que es mayor me ha acompañado.

— Y el chico señaló en dirección al público a un enorme gigante, que al ser descubierto, muy lentamente se agachaba para no ser descubierto, mientras su barbudo rostro se teñía de un tono bermellón.

Sin poder creerse que un niñato que no levantaba más de dos palmos del suelo le hubiera cortado de nuevo, Wilhelm respiró hondo y se dispuso a reflexionar, mientras de reojo observaba como el gigante ex-amigo del chico terminaba de desaparecer entre la multitud:

— Soy un adulto y él es un niño. No debo dejarme llevar por mis instintos más primitivos y demostrar a todos como debe comportarse una persona con mi educación y estilo.

O lo que es lo mismo: Hasta aquí hemos llegao.

— Además, — continuaba replicando el chico — soy el mago más grande de Hogw….

—Chsss, chsss, chsss — cortó Wilhelm en esta ocasión — Mira chaval. Aquí el que dice quien puede y quien no puede ser una bruja soy yo. Y yo digo que tú no. Así que coge tu palito y vuelve por donde has venido, que te estará esperando en casa tu mamá para cenar. — dijo el menor de los Grimm mientras se tocaba la cara acordándose de la amorosa visita de su madre de hacía un rato.

— Esto no es un palito es una var…

Wilhelm, que se había acercado al muchacho mientras hablaba, le quitó el “palito” de la mano y lo rompió en dos con facilidad.

Inmediatamente empezaron a brotar lágrimas de los ojos del muchacho. Era un llanto desconsolado. Incluso se le soltó la patilla derecha de las gafas que estaba pegada.

— Vamos, vamos, muchacho. Que solo es un palo. Cuando salgas fuera podrás jugar con muchos más. — dijo Wilhelm para quitarle hierro al asunto mientras le dada unas palmaditas en la espalda.

— ¡Que no era un palito! — farfulló entre mocos el chico.

— Hala, a casita que es tarde — dijo Wilhelm mientras empujaba al niño del palito y con la mirada buscaba a alguien entre el público — Hermio…digo…Ernestine, ¿me puedes hacer el favor de acompañar a la criatura hasta la salida? ¿Y puedes darle un vaso de leche y unas galletas? Que por lo menos se vaya cenado a casa el chaval. Gracias.

Mientras el niño mago salía apesadumbrado de la sala, Wilhelm volvía a su mesa repitiendo para sí: — Niños magos, ¿a quién puede interesarle una historia como esa?

Jacob, que parecía haberse rehecho, llamó al siguiente candidato, con una lamentable mezcla de gritito y quejido.

— ¡El jiguiente!

Ansiosos, miraron todos hacia la puerta para ver quien era la próxima candidata. Pero allí no había nadie.

— ¡¡Siguiente!! — repitió Jacob, esta vez con más aplomo en la voz.

Pero nada. Por la puerta, anteriormente chirriante, no aparecía nadie.

De repente, alguien de entre el público gritó: — ¡Ahí!¡En el cielo!

Todos alzaron las cabezas hacia el techo. En el público alguien pregunto: —¿Es un avión?¿Es un pájaro?

A lo que otro le contestó: — No seas bobo, no ves que es una señora con un paraguas.

CONTINUARÁ…